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Lo deploro

Un tanque es la mejor solución.

Ayer estuve viendo el Madrid-Barça (primera vez que veo un partido en mucho tiempo, porque no me gusta el fútbol), y tengo que decir que me pareció un coñazo insoportable. Ya no sólo por el partido en sí (por lo visto, incluso los entendidos se aburrieron); mi problema es con el fútbol como espectáculo, que no lo entiendo. No sé cómo la gente soporta a los jugadores, ni cómo se divierten con el ritmo de la acción, ni por qué les complace un desarrollo que tan poco tiene que ver con los valores supuestamente deportivos. Vayamos por partes, comparando lo que pasa en el campo con otras formas de entretenimiento, como el teatro o el cine.

1- El ritmo

Oye, ¿Te imaginas ir a ver una película al cine y que, cada tres minutos, la interrumpan unos segundos por problemas técnicos? ¿O una obra de teatro en la que los actores paren a cada poco para tomar un sorbo de agua y contestar un mensaje en el móvil? ¿Serías capaz de sumergirte en un espectáculo así, o te cagarías en su puta madre e irías a la taquilla a que te devolvieran el dinero?

Pues eso, muchacho, me pasa a mí con el fútbol y las faltas. Es que no pasan tres minutos sin que se interrumpa la acción porque alguien le ha hecho una falta a alguien. Que si para el partido, que si ponte aquí para sacar, que si patatín y patatán… nada, acción interrumpida, pierdo el interés. Y lo de los tres minutos va en serio: según las estadísticas del partido, en 90 minutos se hicieron 38 faltas. Qué coñazo.

Es más o menos como en las pelis de Bruce Willis: cada tres minutos, hay un plano en el que sale con esta cara

Es más o menos como en las pelis de Bruce Willis: cada tres minutos, hay un plano en el que sale con esta cara

2- La actuación

Y esa es otra, hablando de actores: cada vez que se hace una falta tienes que aguantar el teatrillo de los jugadores. Y lo peor es que, en toda falta, siempre hay un impresentable simulando descaradamente. Si la falta no ha sido tal, tienes al fantasma al que no le han tocado y se tira al suelo convulsionándose y doliéndose como si le hubieran triturado la pierna; si la falta ha sido real, tienes al macarra que ha golpeado a sabiendas encogiéndose de hombros y haciendo aspavientos para protestar su inocencia.

Qué asco. No sólo es vomitivo ver a hombres adultos hacer un “yo no he sido, mamá” como si fueran repulsivos criajos mentirosos y maleducados; es que, además, son muy malos actores. Unas clases de interpretación o algo, por Dios. Me recuerdan a los perros cuando tratan de convencerte de que no ha hecho algo mal.

¿Qué meada? Ah, esta meada. No sé nada de ella, pero coincido contigo en que el culpable o culpables han de ser conducidos ante la justicia, y te brindo toda mi colaboración para encontrarlos

¿Qué meada? Ah, esta meada. No sé nada de ella, pero coincido contigo en que el culpable o culpables han de ser conducidos ante la Justicia, y te brindo toda mi colaboración para encontrarlos

¿Sabes a quien me recuerdan los futbolistas con esos gestitos sobreactuados , esas caras desencajadas y esas voces desaforadas? Claro que lo sabes. La vieja norma de Deploreibol: “pregunta retórica = foto del Tercer Reich”.

Para Mussolini, falta clara; para Hitler, es evidente que se ha tirado a la piscina

Para Mussolini, falta clara; para Hitler, es evidente que se ha tirado a la piscina

3- La deportividad

Y todo esto enlaza con la cacareada afirmación puramente ideológica y sin fundamento de lo bueno que es el deporte para la persona, tanto física como espiritualmente. Físicamente, ya sabemos que el fútbol es terrible: si bien 99 de cada 100 faltas son teatrillo, la que queda suele ser una horrible lesión que le deja a uno meses sin poder andar, e incluso le puede llevar al retiro. ¿No tenéis algún amigo que se ha jodido la pierna jugando al fútbol , y desde los veintipocos años ya tiene una lesión para toda la vida? Pues eso.

Pero es el tema espiritual el peor. La “deportividad”. Que gane el mejor. Respetar al rival. Tal. Cual. Pascual.

Lo que yo vi ayer fue una sucesión de perrerías sin cuento, empujones, manotazos, agarrones, sobre todo cuando el rival limpiamente tenía una oportunidad clara: en esos casos, todo vale con tal de evitar que lleve a feliz término su jugada. Vi a gente quejándose como si la hubiesen matado por faltas inexistentes, que cortan su queja a los dos minutos para seguir jugando como si no hubiese pasado nada. Vi a gandules manotear al contrario para luego quejarse ante el árbitro como si fuesen víctimas inocentes de una persecución injusta. Vi a grupos de vociferantes macarras rodear al árbitro para tratar de hacerle rectificar una decisión con sus gritos y aspavientos por todo argumento. El chillido, la simulación y la sobreactuación; qué valores tan edificantes.

Penalti clarísimo

Penalti clarísimo

Vaya basura de deporte, de verdad. A lo mejor cuando no existían los treinta tiros de cámara y las grabaciones superlentas se podía mantener la ficción de la honorabilidad, pero ahora se ve con todo lujo de detalle que los superhéroes que se parten el pecho por los colores no son más que macarrillas de tres al cuarto, lloricas, teatreros, mentirosos y repulsivos (esa manía de escupir…), que tratan de hacer mediante el engaño y la fuerza bruta lo que no son capaces de hacer con nobleza y habilidad. Por todo esto, propongo que se cambie el significado de la palabra “deportividad” para reflejar lo que de verdad se ve en los campos de fútbol.

Por ejemplo, aquí vemos a Pepe tratando con total deportividad al rival

Por ejemplo, aquí vemos a Pepe tratando con total deportividad al rival

A pesar de esto, todos los tontos del mundo siguen recomendado el deporte como una actividad sana para el cuerpo y para la mente. Luego pasa lo que pasa, naturalmente: palizas y muertes en los partidos de aficionados, que imitan fielmente a sus ídolos; sin llegar a tanto, están los padres energúmenos esos que van a llevar a sus hijos a las liguillas infantiles y se dedican a amenazar, vociferar e insultar a árbitros, entrenadores, otros niños y otros padres. Gran ejemplo, mens sana in corpore sano. Al que tenga tiempo libre, le recomiendo este capítulo de La teoría de la clase ociosa, del economista Thorstein Veblen, que muestra cómo hace más de un siglo la gente ya tenía claro que el deporte es basura.

También dice en el libro que a los dólico-rubios les gusta el césped recien cortado porque les despierta una memoria racial de cuando era un pueblo pastor, así que sabemos que es un pensador serio. Ah, las cosas que decíamos en 1899.

También dice en el libro que a los dólico-rubios les gusta el césped recién cortado porque les despierta una memoria racial de cuando eran un pueblo pastoril. Ah, las cosas que decíamos en 1899.

– Deploreibol

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