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Lo deploro

Un tanque es la mejor solución.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre cómo los directores de escena modernillos están destruyendo la ópera con sus chorradas pero no encontraba ocasión, porque es un tema muy manido y porque, como no pongo un pie en el Teatro Real, me ahorro muchos disgustos. Pero llevaba una semana y pico muy cansada, quería empezar el sábado bien y me puse para ello un DVD de una Traviata, y lo que ví en él ha terminado por hincharme las pelotas.

Ésta

Es una Traviata a priori muy buena, con Anna Netrebko y Rolando Villazón, pero te saca todo el rato de la ópera la basura de puesta en escena y la dirección de los cantantes. Quede dicho que yo no soy un retrógrado que rechace por principio las adaptaciones modernas, pero como hay cien malas por cada una buena, y además las malas comparten muchos rasgos comunes, utilicemos esta Traviata en concreto para ilustrar por qué los directores de escena deberían ser declarados alimañas nocivas para la humanidad y cazados hasta la extinción.

1- Simbolismo ridículo

Si hay algo que me pone enfermo es que un listillo se crea que el resto del mundo es tonto y que su misión en la vida es explicarnos a los demás las grandes verdades mediante símbolos estúpidos. Como los directores de escena modernos son listillos por definición, las óperas en las que ponen sus zarpas están llenas de metáforas, prosopopeyas y metonimias innecesarias.

Ejemplo. La Traviata es una muchacha que sabemos que está enferma desde el comienzo de la ópera; ella misma dice en el segundo acto que no le queda mucho tiempo de vida. A pesar de todo, el director de escena de esta Traviata ha decidido que nos va a subrayar este aspecto, por si acaso no queda del todo claro que esta chica va a palmar más pronto que tarde. Y uno se pregunta ¿Qué sutil recurso escénico empleará para trasladar este mensaje?

TIC – TOC

Bravo. Es verdaderamente necesario contratar a un genio para esto. Porque esa es otra; estos directores de escena que van de listos cuestan una pasta, lo que nos lleva al punto 2…

2- Minimalismo insultante

Oye, me dirá alguno ¿qué hay de malo en el minimalismo? Pues nada, aparte de que está más pasado que la Falange y de que no va bien con un espectáculo como la ópera, en la que el creador deja normalmente unas instrucciones bastante precisas de cómo representar su obra. Insisto en que no me parece mal tratar de innovar, pero una cosa es innovar y otra es poner una mierda de pared blanca como fondo, vestir a los cantantes de traje y decir que eso es una puesta en escena, como suele pasar en las producciones actuales.

Y eso es lo que pasa con esta Traviata. Veamos. Para el primer acto, Verdi dice: “Saloncito en casa de Violetta”. Pero nuestro director de escena intepreta:

“Pared blanca”

En el caso del segundo acto, al autor de la ópera le parece que hay que ambientarlo en una “casa de campo cerca de París. Gabinete en la planta baja”. Pero el genio del escenarista tiene una idea mejor:

“Pared blanca y tres sillones de Ikea”

Y para el tercer y último acto, al mayor compositor italiano de la Historia le parecía conveniente ambientarlo en “el dormitorio de Violetta”. Pero el genio quizá mayor de Willy Decker pensó que, oye, aún mejor sería…

“La misma puta pared blanca”

Es la misma, os lo juro; parece azul, pero es por los focos. En las dos horas y pico de ópera, el decorado es todo el rato una pared blanca.

Y lo que más me jode de todo no es la tomadura de pelo del decorado; es la pasta. Porque estos escenaristas no son baratos, así que lo que antes se gastaban los teatros en trajes y decorados ahora ya sabes dónde va: al bolsillo de estos jetas. Cojones, si vas a representar una ópera con trajes de calle y contra una pared blanca, que la pasta se la den a una ONG o algo, no a un caradura.

3- Cambiar a los personajes

A estos mamones de directores de escena no les vale el genio combinado de Giuseppe Verdi y de su libretista, Francesco Maria Piave, a la hora de crear personajes. No, ellos tienen que añadir algo de su cosecha, y meter personajes mudos que no existen en el libreto, o poner en escena a personajes cuando no les corresponde, o trastocar las escenas, todo para que se vea que tienen un talento acojonante y que son más listos que el compositor y que siglo y medio de tradición musical y escénica.

En el caso que nos ocupa, el Decker éste mete a la soprano en una escena en la que no tenía que estar, de forma que, cuando el tenor le dice al ama de llaves “que la señora no se entere de esta conversación”, no se entiende por qué no le responde…

“La señora se ha enterado de todo porque la tienes delante, gilipollas”

Y luego está lo del travesti. Ópera con puesta en escena moderna que veo, ópera en la que sale un travesti. Me parece muy bien el travestismo, ojo. Yo solo digo que habría que probar alguna otra cosa, a lo mejor, porque siempre lo mismo es un rollo. Yo supongo que lo ponen para epatar y dar que hablar, pero no parecen darse cuenta de que un travesti ya no escandaliza a nadie, que ya no vivimos en los 50.

Que estamos en el sigo XXI, hombre. Todos nos hemos vestido alguna vez de mujer en una fiesta con enmascarados.

Pues si le sumas a todo lo dicho otras mamarrachadas, como sacar a los cantantes en ropa interior o hacer que se magreen todo el rato, tienes una Traviata muy buena musicalmente pero deplorable escénicamente, con lo que la nota conjunta es que “bah”. No sé dónde vamos a parar. A ver si aprendemos ya que hay profesiones que hay que tomar en serio (como la de músico, en la que el talento, el estudio y el esfuerzo son fundamentales) y otras que están compuestas casi exclusivamente por farsantes, porque no hace falta más que jeta, contactos y buena suerte para prosperar en ellas (por ejemplo, la de director de escena y los que se dedican al coaching y esas coñas). Si quieren recuperar el prestigio de su profesión, ya se lo pueden currar los directores de escena. A ver si, mientras tanto, no acaban de hundir la ópera.

– Deploreibol

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