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Lo deploro

Un tanque es la mejor solución.

¡Ey! Muy recomendable el último libro de Juego de Tronos, como todos los demás. Qué buena es esta saga, o serie de libros, o como se diga; mucho mejor que millones de otras que, siendo también de fantasía, no le llegan a George R. R. Martin ni a la suela de las katiuskas (“se acerca el invierno”).

Y entre otras razones la superioridad de Juego de Tronos se ve en cómo se llaman los personajes y los lugares. Al contrario que en otros libros del mismo tipo, los nombres no te indican inmediatamente si estamos ante un tipo bueno o uno perverso, o ante una ciudad corrompida o benéfica. Los malos no se llaman Krugerkraken, Alto Hechicero de la Negra Orden de los Magos Tenebrosos, Rey de la Ciudad de las Almas Perdidas (éste sería malo). Aquí no sabes, a priori, si Jaime Lannister es mejor o peor que Jon Stark, o si King’s Landing es una ciudad más recomendable o no que Meereen.

Y, pensando en las novelas que más incurren en este vicio de los nombres, he llegado a la conclusión que son las de la Dragonlance. Ahí el tema era descarao: los buenos tienen nombres del tipo Riverwind, Caramon, Sturm Brightblade o Goldmoon; los malos son Fistandantilus, Raistlin, Ariakas o, mi favorito, Verminaard.

Claro que, con esta pinta, tampoco pega llamarse Luis María Pichardo

Y lo mismo con los nombres de las ciudades: Neraka, Sanction y Xak Tsaroth son sitios, claramente, menos hospitalarios que Solace o Silvanost. En este vicio de los nombres también incurre por cierto Tolkien. Sólo un ejemplo: Así, sin conocer nada de ninguno de los dos sitios, en caso de que te apeteciese hacer turismo ¿A dónde preferirías ir de vacaciones, a Minas Tirith o a Minas Morgul?

Aunque es verdad que ha tratado de reinventarse como Marina d'Orc

Sigue así, amigo Martin. ¡Y termina pronto The Winds of Winter!

– Deploreibol

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