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Lo deploro

Un tanque es la mejor solución.

Llego tarde, pero no me gustaría dejar de comentar el montaje de El oro del Rhin, de Wagner, que se ha marcado el Metropolitan de Nueva York. Emitida este sábado en cines de todo el mundo en alta definición, y en directo, ahí estaba yo, viendo una de las óperas más épicas del mundo en uno de los sitios probablemente más chabacanos del universo: el centro comercial Plenilunio, en Madrid. A pesar de su nombre místico, mágico, druídico, es un horror abarrotado de personas y de macarras, lleno de locales de comida rápida que paradójicamente se sirve muy lentamente (porque hay mucha gente y muchos macarras), y en el que aparcar es más difícil que ver acercarse un ninja.

 

Si lo ves, ya estás muerto

 

A pesar de este entorno infernal, la ópera resultó ser excelente. Grandes cantantes, interpretaciones irreprochables y un montaje espectacular y muy original. Y cuando digo muy original, lo digo en el mejor sentido del término: inventivo, pero respetuoso con el libreto, con los cantantes, con el compositor y con el público; es decir, sin hacer esas mierdas que hacen ahora de convertir a los personajes de Don Giovanni en yonquis y quinquis, ambientar las escenas de Carmen en Marte o en la Bielorrusia del siglo VI, e introducir personajes inexistentes, como uno que ví en unas Bodas de Fígaro: al director de escena no se le ocurrió otra que meter con calzador un aborrecible homúnculo que supuestamente representaba al Amor, y que lo único que hacía era seguir a los personajes y hacer gestos irritantes cuando se juntaban dos enamorados. Chorradas de modernos, en definitiva.

 

Ah… La Traviata tal y como Verdi la quiso

 

En este caso, nada de eso; la escena está dominada por un sistema de planchas gigantesco capaces de girar independientemente unas de otras, creando efectos acojonantes que permiten dar idea de la profundidad del Rin, del descenso a Nibelheim o del ascenso al Valhalla; todo, sabiamente combinado con proyectores que lanzan imágenes generadas por ordenador, con perfecta coordinación con la música y con la voz, contribuyendo notablemente al dramatismo y a la epicidad (¿epicidad?) de la obra. Además, el montaje cumple con las Reglas Deploreibol de un Espectáculo Memorable (RDEM), una breve lista de tres puntos que repaso siempre que voy a un sarao para evaluar si cumple con mis exigentes requisitos. La lista es como sigue:

1.       ¿Aprobaría Manowar este espectáculo?

Yo creo que mi grupo favorito aplaudiría rabiosamente este montaje del Metropolitan. De hecho, el cartel promocional de “El oro del Rhin” podría servir como portada de uno de sus discos.

No obstante, también hay que decir que el cartel de la siguiente ópera en la tetralogía (La Valquiria) podría servir como portada de un disco de Céline Dion:


2.       ¿Hay máquinas chulas?

Cómo mola cuando, en una obra teatral, usan aparatejos para crear efectos escénicos, desde las humildes grúas del teatro griego hasta las arañas robóticas gigantescas de Alice Cooper. De hecho, una obra sin maquinolas se puede decir que es una mierda ya de entrada; si quisiéramos ver las cosas tal como son en la vida real, en vez de ir al teatro escogeríamos la alternativa más barata de mirar por la ventana, y llega un momento que hasta la sórdida vida conyugal de tus vecinos ya te aburre… al menos hasta que sacan algún aparato curioso. ¿Lo veis? Los artilugios son entretenidos, y este montaje de Wagner tiene uno cuyo nombre ya es la polla: la máquina del Valhalla.

¡No! ¡Ésa no es! (aunque mola lo suyo).  Mejor que os lo explique este gráfico del New York Times:

3.       ¿Hay funambulistas?

Un espectáculo no es espectáculo si no hay alguien jugándose la vida colgado de un cable a muchos metros del suelo; en esto, estamos todos de acuerdo. Pues en esta ópera, la mitad del tiempo se lo pasan oscilando desde grandes alturas, con las planchas gigantescas del escenario moviéndose ominosamente y temblando leve pero notoriamente cada vez que alguien las pisa. Esto, a la vez que cantan como Dios, cosa que no hace cualquiera.

 

¡Oro del Rhin! ¡Oro del Rhin! ¡Heia! ¡Heio! Ay, la Virgen, como falle este tinglao…

 

Como veis, el montaje del Metropolitan cumple con mis exigentes requisitos, lo que quiere decir que también cumple con los gustos más plebeyos y barriobajeros de las otras dos personas que leen este blog. Sí, vosotros dos. Así que ya sabéis: si pasáis por Nueva York en los próximos días, os recomiendo que vayáis a El oro del Rhin. Y si no, en unos meses tendréis la oportunidad de ver, en un cine chabacano y cutre, el espectáculo sublime de La Valquiria. Sí, esa de chan chán charán chan-chan, chan charán chan-chan, chan charán chin chon, chán charán-chaaaaan…

 

Chan chán charán chan-chan, chan charán chan-chan, chan charán chin-chon chan charán-chan CHARÁN-CHÁAAAAANN!!!

 

–          Deploreibol

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