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Lo deploro

Un tanque es la mejor solución.

No me acordaba de lo implacables que eran los videojuegos en los 80.

Hay que recordar que eran momentos duros, con la heroína haciendo estragos en las calles, las bandas callejeras en su apogeo y la reconversión industrial dejando en la calle a miles de parados a los que no les importaba nada darte un navajazo para hacerse con tus converse, venderlas en el rastro, y así conseguir unas pesetas con las que dar de comer a sus hijos. Malas calles, vida violenta y peligrosa. Cualquier momento podía ser el último. Y los videojuegos encapsularon perfectamente ese zeitgeist con unas tasas de letalidad para los jugadores que ríete tu del Red Dead Redemption y esas mierdas. Pero también había más sentimiento de familia, de comunidad. Recuerdo cuando mi tío Alvin me llevaba al mercado…

Nostalgias al margen, la verdad es que los videojuegos eran tremendos; porque no sólo te mataban con total ligereza, sino que además, como no existían los checkpoints -o como se llamen- cada vez que palmabas tenías que empezar DESDE EL PRINCIPIO. Eso, o salvar cada 15 segundos, que era casi más molesto.

Y me ha vuelto todo eso a la cabeza porque decidía esta tarde echar una partidilla al clásico “King Quest III”, un juego de 1986 que me dio muy buenos momentos entonces.

Yo debía estar hecho de otra pasta en aquellos años, porque ahora me parece la experiencia más frustrante desde el último disco de Manowar. Fue encender el juego, una clásica aventura gráfica, y morir arbitrariamente en los primeros 3 minutos.

Ese montoncillo de fina ceniza, en la esquina superior derecha, soy yo después de que me fulminara un mago no sé muy bien por qué

Venga, va, otra partida, que se ve que me ha pillado el tema desentrenado. Pues hale:

Me caigo por las escaleras y me parto la crisma. Heroico.

Eeeeeeeee… a la tercera va la vencida ¿no? Pues no:

Otro montoncillo de cenizas. No sé qué coño le he hecho al mago ese.

Jarl. Quizá esta vez…

Aquí no se me ve porque me caí por un barranco.

¡¡¡Mierda, hombre ya!!! Andando pixel a pixel, para no tropezar con nada que me enviase dando tumbos a un abismo, llego a un desierto. Ahí no hay nada que te haga perder pie ¿verdad? Y me mantenía alerta ante otros posibles peligros, como escorpiones, morirse de sed, un ataque tuareg o qué se yo. Ahora, lo que no me esperaba es que saliese una medusa de la nada, y sin darme opción a reaccionar, me convirtiese en una estatua.

Aquí ya dije: “LOL”

No, medusas ya no. Que juegue su abuela a este juego. Donde haya un Call of Duty…

¡Noooooo! ¡Todo vuelve a empezar!

– Deploreibol

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