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Lo deploro

Un tanque es la mejor solución.

El otro día estaba en el teatro del Liceo, disfrutando apaciblemente de la música, cuando de pronto…

flap, flap, flap, flap, flap

¿Qué puede ser? Tengo que admitir que al principio no pensé que un ser humano pudiese ser tan maleducado y melón como para hacer ese sonido, así que pensé que un murciélago gigantesco se había colado en la sala. Aunque, por el ruido, podría haber sido un pterodáctilo.

A Calixto Bieito se le están yendo las cosas de las manos

Pues no era un pterodáctilo; era una paisana que estaba refrescándose con un abanico en un sitio en el que no hacía calor, ni frío, ni nada. Era innecesario el abanico, pero hala, a darle a la manivela por hacer algo. Y lo peor de todo es que nadie decía esta boca es mía, como si en vez de ser una endeble anciana fuese un skinhead de dos metros.

¿Por qué? ¿POR QUÉ? ¿A quién se le ocurre usar un abanico (de lamas bien sonoras, además) en el teatro? ¿Por qué nadie tiró a esa paisana al foso de la orquesta? ¿Qué clase de teatrillos tenemos en España, que se puede hacer esto con impunidad? ¿Qué será lo próximo?

Esto lo veremos tú y yo

Muerte, muerte a la gente que usa el abanico en el teatro. Muerte.

– Deploreibol

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